Compartimos el testimonio de Aníbal Torretta, miembro de nuestra Pastoral Social Arquidiocesana, sobre este 1º de mayo, Año de San José, en el que la Iglesia celebra a San José Obrero y en muchos países se celebra también el Día Internacional de los Trabajadores.

 

El Día del Trabajador tiene este año una particularidad doble. En primer lugar se celebra en un año en que la Iglesia recuerda a San José Obrero. ¿Qué significa esto para los trabajadores?, significa la convicción de una certeza: Dios eligió a un trabajador para darnos a su Hijo en custodia, para educarlo en la sencillez y la rudeza del oficio, en la humildad de una carpintería donde el trabajo era colectivo; no en un oficio individual, no en uno especulativo, sino en uno colectivo y justamente cocreadror del mundo que Él mismo dejó inconcluso para que lo podamos terminar, mejorar.

San José como todo obrero, pasaba desapercibido, no aparecía en los grandes eventos, pero junto a María mostró su amor de padre buscando al Niño perdido en el templo, igual que el padre trabajador de hoy que se preocupa por recuperar a su hijo de sus extravíos.

Y más que nunca es una señal que sea este año, y no otro, en el que simbólica pero realmente nos protege; porque este 1° de mayo los trabajadores celebrarán con tristeza porque hemos sido los trabajadores, los soldados que estuvimos en el frente de esta guerra del amor, contra un virus mortal, contra la desigualdad del acceso a las vacunas, contra la irresponsabilidad de muchos.

Allí estamos los trabajadores, médicos, enfermeros, camilleros, choferes, almaceneros, recolectores de residuos, maquinistas, mecánicos, personal de limpieza, repositores, policías, empleados púbicos de todo tipo, voluntarios, todos ellos son San José Obrero que viene a proteger a la comunidad y todos ellos merecen ser reconocidos este 1° de mayo por quienes conducen el Estado, los estados, las empresas, los organismos internacionales, las instituciones religiosas. Ojalá así sea.

Lo que sí será este 1° de mayo, es que el padre de Jesús, el que aceptó en silencio la voluntad de Dios de hacerse padre de un niño no concebido por él, aun pensando que la condena social podría ser dura; los trabajadores como José, sobre todo los esenciales, aceptaron ser vapuleados por ser enfermeros, amenazados por vivir en un edificio y ser médicos, o camilleros o kinesiólogos; vapuleados por políticos que no brindan siempre los elementos que deben para un más seguro trabajo.

Ellos están allí, en silencio como José, haciendo lo que se debe, sin estruendos, sin bombos ni platillos; algunos sobreviviendo, otros cayendo, pero cumpliendo con fe, sin perder el ánimo. No hay amor más grande que dar la vida por el otro, enseñó el Señor. ¿Cuándo se dio más esta enseñanza que en esta pandemia, cuándo podemos reconocerlo y rezar por todos ellos sino este 1° de mayo?

Juan Pablo II en  Laborem exercens nos dice: «Los derechos humanos que brotan del trabajo, entran precisamente dentro del más amplio contexto de los derechos fundamentales de la persona». Hagamos pues que este 1° de mayo esta sentencia brote como una catarata de justicia y amor por los trabajadores, por todos y por los llamados esenciales.

Francisco nos marcó el camino del cuidado de la Casa Común, de una protección ambiental integral que contenga no solo a las ballenas, sino a todos los seres humanos y a todo el ser humano; entonces este 1° de mayo llamemos a la conciencia de la humanidad en nombre de San José Obrero a cuidar a los que cuidan la Casa Común con su labor diaria, silenciosa como la de San José, profundamente cariñosa; como la de María, y dispuestos a dar la vida como el propio Jesús, por el otro, en el acto más grande de amor.

Trabajadores del mundo que son además laicos consagrados, que son la Iglesia en las fábricas, en los hospitales, en muchos casos han dado la última oración y consuelo a enfermos de Covid, y no le damos el lugar que merecen en la Iglesia; porque, quizás pretendemos ser aquellos que estamos a diario en el Templo, la única y verdadera Iglesia. Ellos son la Iglesia caminante, la que multiplica los panes con su esfuerzo; por ellos oremos y pidamos a San José, «uno de ellos», que los proteja y les diga de alguna manera misteriosa este año: ¡Feliz Día de los Trabajadores!


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